Hace 5 años, decidí venir a vivir a Tlaxcala, salir de casa de mis papás, vivir sola, independizarme… En ese entonces, al saber la noticia, el que era mi jefe, me preguntó burlonamente:
-“¿Y no vas a llorar por tu mami?” -
Y yo pensé:
-“Cómo fregados voy a llorar por mi mamá, por favor…”-
Efectivamente. Hasta ahora no he llorado por mi mamá. Pero tengo que aceptar que la distancia y la lejanía acentuaron mi sensibilidad en ciertos momentos de la vida, por ejemplo, cuándo estoy enferma. ¡Señor, cómo extraño a mi madre en esos momentos! Digo, no estoy todo el tiempo pensando en ella, pero basta que alguien me diga “mi alma, ¿estás enferma?”, para que ipso facto, sienta un nudo en la garganta. Analizando el asunto, excavando en los recovecos de mi alma de cangrejo y dejando que fluya todo el sentimiento, se que es porque me hace falta el afecto de mi madre cuando el cuerpo no da lo que tiene que dar. No es algo conciente, ni racional… es una necesidad puramente instintiva y por instintiva (siempre lo he dicho) pura y auténtica.
Aceptémoslo… todos los seres humanos, por más fuertes, moral, física o psicológicamente, que seamos, en algunos momentos necesitamos la seguridad que representa el seno materno… por lo menos, yo sí.