Era un personaje muy particular. Alto, como más de de 1.80. Ya de entrada resaltaba por eso entre la escasa gente que abordaba el metro ese sábado a las 7:00 de la noche. Pero su altura fuera de lo común, no era nada. Lo que llamaba la atención, era el gesto de su cara, indiferente a todo lo que le rodeaba, salvo por el pequeño libro abierto que traía en la mano.
Aunque había asientos vacíos, se recargó en una de las puertas del vagón, de frente a mí. Tomó una postura muy cómoda, vieja conocida a fuerza de costumbre… mano en el tubo a la altura del hombro, pierna del mismo lado flexionada, todo el peso de su cuerpo sobre la parte de la espalda que tocaba la puerta del vagón. Y a leer.
El libro de bolsillo, desgastado, viejo y a leguas ex habitante de una librería de viejo que no se porque imagino en Donceles, tenía como título “Vuelta usted mañana y otros artículos”. Las demás letras en la portada indicaban que el texto había sido escrito por Mariano José de Larra. Ilustre desconocido para mí, con vergüenza he de aceptarlo.
Este devorador de libros no negaba la cruz de su parroquia. Además del gesto ceñido por un esfuerzo que adivino se debía a tratar de enfocar las letras, sobre la nariz gruesa y dominante de su cara, descansaban unos lentes gruesos y pesados. El gran aumento era evidente y además, estaban prácticamente atados a su cara. No eran unos lentes comunes. Eran parte de su ser.
Si se le veía con detenimiento, con la confianza que daba el no ser descubierta en el examen minucioso debido a su atención en el libro, se notaba que no llevaba encima más de lo que necesitaba para bien vivir: una mochila cruzada al pecho, llena, más no atiborrada de cosas; una botella de agua (o sabrá Dios de qué) de esas que comercialmente son de litro y medio, en un portabotellas de tela bordada color rojo, colgada al cuello.
Si bien su ropa no estaba excesivamente sucia, se notaba que la traía puesta desde varios días atrás: camisa color verde, o humo o mugre, bien fajada en un pantalón caqui con pinzas y cinturón gastado a más no poder. El calzado denotaba otro vicio (o necesidad): la del buen caminador. Eran unos huaraches, resistentes, duros, de batalla, pero desgastados y bien usados. Sus dedos pulgares, ya alcanzaban el piso y un gran, graaaan callo sustituía a la suela del huarache. Que magnífico y asqueroso callo, pensé.
En todo el trayecto, no podía dejar de verlo. Ese hombre, tan particular, el gigante absorto en su lectura, parecía no necesitar más que aquel libro para vivir… y ha merecido más parte en mis recuerdos que cualquier otro pelafustán con traje y zapato reluciente que haya visto en mi vida. Así es esto de vivir… a momentos, y con lo que se queda perenne en la memoria a modo de lección.